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CÓMO LA DESTRUCCIÓN DE LA FAMILIA ROBA A LOS NIÑOS SUS
OPORTUNIDADES DE PROSPERIDAD FUTURA
Patrick Fagan (*)
Mucho del debate acerca del gap creciente entre ricos y pobres en
América se centra en el cambio del entorno laboral, el coste de vida y la
estructura legal y fiscal que constituye el nervio de los empresarios y
empleados. Pero la literatura sobre
las ciencias sociales demuestran que la causa raíz de la pobreza y la disparidad
de ingresos está innegablemente vinculada a la presencia o ausencia de
matrimonio. Las familias rotas
ganan menos y experimentan niveles menores de alcance educativo. Peor aún, transvasan la perspectiva de
ingresos más magros y de inestabilidad familiar a sus hijos, asegurando un ciclo
continuo, cuando no en expansión, de tensión económica.
Sencillamente, el hecho de que los padres de un niño estén y permanezcan
o no casados tiene un efecto abrumador en su futura prosperidad y la de la
próxima generación.
Desafortunadamente, el incremento en el número de los niños nacidos en el
seno de familias rotas en América -de 12 de cada 100 nacidos en 1950 hasta un
nivel de 58 de cada 100 nacidos en 1992- se ha convertido en un ciclo
aparentemente irrompible que el gobierno federal no sólo continua ignorando,
sino que incluso promueve a través de ciertas políticas.
Numerosos investigadores académicos y sociales han demostrado cómo
el camino para lograr un ingreso estable y decente aún es el tradicional: escolarización completa, obtención de un
trabajo, contraer matrimonio, tener hijos... en ese orden. Obviamente, el viaje hacia una fuente de
ingresos segura puede descarrilar por las diversas elecciones que los niños van
haciendo a medida que crecen, tales como abandonar el colegio o quedar
embarazadas antes del matrimonio.
Pero por lo general, los niños que crecen en una familia estable con los
dos padres, tienen mejores perspectivas para conseguir ingresos seguros cuando
adultos.
Gracias a los recientes avances en los métodos conforme a los
cuales los científicos y los economistas solían recolectar información, los
investigadores están adoptando una visión intergeneracional más amplia de la
gente pobre de América. Desde esta
atalaya, se ha comprobado que las políticas federales de las tres décadas
pasadas han promovido la dependencia de la ayuda social, las familias
monoparentales respecto a las compuestas por padres unidos en matrimonio, y han
desperdiciado los beneficios de un vigoroso mercado libre y una economía
fuerte. Hoy, el futuro
económico y social de los niños en las clases media y humilde está siendo minado
por una cultura que promueve el sexo en la adolescencia, el divorcio, la
cohabitación y los hijos extramatrimoniales.
Afortunadamente, el gobierno federal y los distintos estados y
comunidades locales pueden jugar un papel importante en el cambio de esta
cultura para asegurar que todos los niños alcanzarán su potencial económico
pleno, y no languidecer en la trampa de la pobreza.
El vínculo entre divorcio y pobreza
Para
comprender la importancia del matrimonio en la prosperidad, y cuáles son los
factores determinantes de un matrimonio estable, es importante mirar primero a
la evidencia que rodea a los efectos de sus alternativas -divorcio, cohabitación
e hijos extramatrimoniales- sobre los niños y sobre los ingresos.
Tristemente, casi la mitad de las familias americanas experimentan la
pobreza tras un divorcio, y el 75% de las mujeres que solicitan la ayuda social
lo hacen a consecuencia de un matrimonio o una relación extramatrimonial
rotas.
El divorcio tiene muchos efectos perniciosos sobre el nivel de
ingresos de las familias y las futuras generaciones. Sus efectos inmediatos pueden
verificarse en la información reportada en 1994 por Mary Corcoran, una profesora
de ciencias políticas en la Universidad de Michigan: "Durante los años que los niños viven
con los dos padres, los ingresos de sus familias mediaron 43600 $, y cuando
estos mismos niños han pasado a convivir con un solo progenitor, los ingresos de
sus familias eran como media de 25300$.
En otras palabras, los ingresos del hogar de un niño han caído como media
un 42 % tras el divorcio. En 1997,
8.15 millones de niños vivían con un progenitor divorciado. Ha habido un incremento del 354 % desde
1950.
Aún
siendo tan considerable esta reducción de ingresos, este hecho apenas llama la
atención pública en cuanto a la relación entre la ruptura matrimonial y la
pobreza. Considere el lector, por
comparación, la reacción a un decrecimento parecido en la economía
nacional. Cuando la productividad
en la economía americana cayó un 2.1 % entre 1981 y 1982, se le dio el nombre de
recesión. Y cuando la economía se
contrajo un 30.5 %, de 141 millones de dólares a 103 millones (en dólares
constantes de 1958) entre 1929 y 1933, a esto se le llamó la Gran
Depresión. Sin embargo, todos y
cada uno de los años que han transcurrido en durante los últimos 27, más de un
millón de niños han experimentado el divorcio en sus familias, con una reducción
asociada de los ingresos familiares que osciló entre el 28 y el 42%. No es de extrañar que tres cuartas
partes de las mujeres que solicitan ayuda social lo hacen a consecuencia de una
ruptura matrimonial.
Comprensiblemente, las madres que son empleadas al tiempo de su
divorcio tienen muchas menos posibilidades de convertirse en receptoras de la
ayuda social que las madres que no trabajaban. Y las madres que no desarrollan
actividad laboral al tiempo de su divorcio tienen tantas posibilidades de tener
que acudir a la beneficencia como las madres solteras que pierden sus
empleos. El divorcio es el factor principal en la determinación del
alcance de las "rachas de pobreza", particularmente para aquellas mujeres cuyos
ingresos familiares antes del divorcio estaba en la mitad de abajo de la
estadística de distribución de ingresos.
El divorcio, por lo tanto, plantea la mayor de las amenazas para las
mujeres procedentes de familias de bajos ingresos. Dicho sencillamente, el divorcio se ha
convertido en algo demasiado extendido, y afecta a un número de niños cada vez
mayor.
En los
años 50, la tasa de divorcios era menor en grupos de altos ingresos; en los 60 hubo una convergencia de tasas
entre todos los grupos socioeconómicos.
En 1975, por primera vez, más matrimonios terminaron en divorcio que en
muerte. Desde 1960, ha habido un cambio
significativo en el ratio de niños privados de padres casados por razón de
fallecimiento comparados con los que fueron privados de ellos por divorcio. Comparados con el número de niños que
han perdido a un padre por fallecimiento, mas del 15%, el 150% y el 580%
respectivamente, han perdido a un padre a consecuencia de un divorcio en 1960,
1986 y 1995.
El
divorcio está vinculado a un buen número de problemas serios que van más allá
del problema económico inmediato que constituye la pérdida de ingresos. Por ejemplo, las hijas de padres
divorciados tienen muchas más probabilidades de quedar embarazadas y tener hijos
fuera del matrimonio, particularmente si el divorcio sucedió durante los años de
mitad de adolescencia y dos veces más probabilidades de convivir sin casarse que
los hijos de padres casados. Además, el
divorcio parece influir en una reducción de los logros educacionales de los niños afectados, debilitando su
salud física y psíquica y predisponiéndoles a una rápida iniciación sexual y a
mayores niveles de inestabilidad matrimonial. También incrementa la posibilidad de no
casarse nunca especialmente en el caso de los chicos .
Para una madre con hijos, el divorcio incrementa su
responsabilidad financiera y, normalmente, sus horas de trabajo fuera de
casa. El divorcio unido a las horas
de trabajo adicionales también disminuyen sus recursos para ejercer la
maternidad. Estos stresses
adicionales cobran su peaje: las
madres solteras experimentan niveles más altos de enfermedades físicas y
mentales, adicciones e incluso suicidio tras el divorcio. Todos estos factores tienen su efecto
sobre la renta familiar.
Además,
las consecuencias del divorcio fluyen de generación en generación, ya que los
hijos del divorcio tienen mayores probabilidades de experimentar los mismos
problemas y de trasladarlos, a su vez, a sus propios hijos. Es
significativo que estos efectos sean marcadamente diferentes del efecto que la
muerte de un padre casado tiene sobre sus hijos: de hecho, tales niños tienen menores
posibilidades que la media de divorciarse de adultos.
Divorcio y generación de patrimonio familiar.
Poca
investigación se ha realizado respecto al efecto del divorcio en el patrimonio
familiar acumulado con el tiempo por un hogar, pero un estudio de la Corporación
Rand, indica que el efecto puede ser dramático: la estructura familiar está fuertemente
vinculada al bienestar económico que se tiene al alcanzar los sesenta años de
edad.
Incluso
cuando se combinan los patrimonios de los dos hogares divorciados, el estudio
RAND muestra que su base patrimonial es la mitad que la de las parejas casadas.
Reflexionándolo, esto tiene sentido. Tras un divorcio, el mayor patrimonio
-el hogar familiar- es frecuentemente vendido y su importe empleado en financiar
el divorcio y establecer nuevos hogares.
Adicionalmente, la evidencia indica que el ingreso de hogares divorciados
con hijos cae significativamente, disminuyendo así la probabilidad de
incrementar el patrimonio.
Cohabitación y divorcio.
Nuestra comprensión de los efectos de la cohabitación sobre los
ingresos deriva, a la fecha, principalmente de sus relaciones significativas con
el divorcio. La gente que convive
antes del matrimonio duplican las tasas de divorcio de las parejas que no
cohabitan antes del matrimonio, y cuatro veces esa tasa si se terminan casando
con otra pareja distinta a aquella con la que cohabitaron. Además, muchos de estos jóvenes adultos
expresaron inseguridad acerca de su futuro en común. Es un factor directo e indirecto a la
vez en cuanto a la reducción de los ingresos familiares.
Hoy día, hay más americanos que nunca que conviven antes del
matrimonio -una media de 1.5 años. Hombres y mujeres en su veintena y
treintena están viviendo juntos en la misma proporción que antes, pero con una
diferencia significativa: muchos
más cohabitan ahora que los que se casan.
La
proporción de matrimonios precedidos por un periodo de cohabitación se
incrementó del 8% a finales de los 60 hasta el 49% en 1985. Más de la mitad de los americanos en la
treintena viven hoy en régimen de cohabitación, y más de la mitad de los
matrimonios recientes han sido precedidos por una cohabitación. Larry
Bumpass, un profesor de la universidad de Wisconsin-Madison, en el Centro por la
Demografía y la Ecología, destacaron en un comunicado a la Asociación de la
Población de América que "el sexo, la forma de vida y la paternidad dependen
cada vez menos del matrimonio".
Una razón que explica este cambio en los valores americanos reside
en los padres que se divorcian: sus
hijos tienen mayores probabilidades de cohabitar antes del matrimonio. En 1990, el 29% de los que siempre
habían vivido con sus padres casados habían cohabitado antes del matrimonio,
pero entre el 54% y el 62% de los hijos del divorcio cohabitaban antes del
matrimonio.
La cohabitación dobla la tasa de divorcio, y las tasas vuelven a
doblarse de nuevo en el caso de quienes cohabitan antes del matrimonio con una
persona que luego no será su futuro cónyuge. El 40% de las parejas que
cohabitan tienen hijos en casa, y el 12 % de todas las parejas que cohabitan
tienen hijos biológicos durante la cohabitación. Más de la mitad de los
adultos (56%) que viven juntos fuera del matrimonio, tienen hijos y luego se
casan, acabarán divorciándose.
Cerca del 80% de los hijos que han vivido en un hogar en el que sus
padres cohabitaban pasarán una parte de sus infancias en un hogar
monoparental.
Dado
este alto nivel de rupturas, la cohabitación puede ser un buen indicio de la
futura debilidad en los ingresos de un hogar, y de la situación económica y
social de los hijos de estas uniones.
El problema se agrava aún más por la creciente aceptación cultural de lo
que antes solía describirse como "relaciones ilícitas". Larry Bumpass descubrió que para para
principios de los 90, sólo el 20% de jóvenes adultos desaprobaban el sexo
prematrimonial, incluso para jóvenes de 18 años, y que sólo uno de cada seis lo
desaprobaba explícitamente bajo cualquier circunstancia.
Los Riesgos y las Tasas de Divorcio.
El riesgo de divorcio está directamente vinculado a factores en
los antecedentes familiares, tales como el divorcio o la cohabitación de los
propios padres, o haber ser hijo de una madre muy joven.
La investigación demuestra también que el divorcio está vinculado
al nivel de educación. En general,
cuanto más nivel educativo posee una persona tiene menos posibilidades de
divorciarse. Las tasas de divorcio
son 1/3 menores entre mujeres que han completado el ciclo de bachiller superior,
y un 80% menores entre mujeres que han completado la universidad que entre las
que no han completado su bachiller.
El divorcio también está vinculado a cocientes intelectuales
menores.
El
riesgo de divorcio es mayor entre matrimonios de religión mixta y entre los que
no asisten regularmente a los cultos religiosos.
El
riesgo es el doble entre los que conviven antes del matrimonio, y aún se dobla
si el cohabitante se casa con otra persona distinta de la que
cohabitó.
Otros riesgos de divorcio incluyen un divorcio anterior. Casarse con una persona que ya tenga una
familia, casarse en la adolescencia (el divorcio es 2/3 menor entre las mujeres
casadas después de los 25 años que entre las que se casaron de
adolescentes); y, especialmente,
casarse embarazada en la adolescencia.
En general , cuanto mayores son los ingresos de un hombre en
relación con los de su esposa, más alta es la tasa de matrimonio y menor la de
divorcio. Para las mujeres, las
tasas de matrimonio son mayores en áreas locales que ofrecen menores
alternativas al matrimonio. Cuanto
más ganan las mujeres, menos atractivo les parece, por lo general, el
matrimonio. Como dijo el profesor
Larry Bumpass, de la Universidad de Wisconsin en su discurso presidencial a la
Asociación de la Población de
América, "si el matrimonio no asegura una familia biparental para los hijos ni
tampoco una seguridad económica vitalicia para la mujer, la importancia de
casarse para 'legitimar' un nacimiento es mucho menor". Esto podría aplicarse a todos los
matrimonios en general, no sólo a los matrimonios a la fuerza.
Las tasas de divorcio se duplican para matrimonios jóvenes, si el
marido se halla desempleado en algún periodo de su primer año de matrimonio, y
es el 50% mayor nuevamente si ambos están desempleados. Si el desempleo se debe a la
prolongación de su educación, no obstante, no hay incremento en el riesgo para
ese matrimonio. Los datos del censo
de 1980 muestran que una de cada cuatro esposas ganaron más o sólo ligeramente
menos que sus esposos. El 40% de
las esposas que tenían cinco o más años de educación universitaria ganaron más o
sólo ligeramente menos que sus esposos.
La tasa de esposas incorporadas al mercado laboral se ha visto
acompañada por un incremento en las tasas de divorcio: El número de esposas incorporadas al
mercado laboral pasó del 18% en 1950 al 64% en 1992. Durante el mismo periodo, la tasa de
divorcio pasó de uno de cada cuatro a uno de cada dos matrimonios.
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(*)
Fundacion heritage - no. 1283 - 11 Junio 1999 - Artículo original en inglés (con gráficos) en:
http://www.heritage.org/library/backgrounder/bg1283es.html
¿SI SE PUEDE?