P: Tiene usted toda
la razón, hasta luego.
PARA REFLEXIONAR
SOBRE LA EUTANASIA O SOBRE EL “SEUDO
DERECHO DE MORIR CON DIGNIDAD”
Dra. Liliana A.
Matozzo (*)
En el cap. 87
de Evangelium Vitae, el Santo Padre señala con absoluta sabiduría, que: "hay una
actitud que debe animarnos y distinguirnos, hemos de hacernos cargo del otro
como persona confiada por Dios a nuestra responsabilidad. Como discípulos de
Jesús, estamos llamados a hacernos prójimos de cada hombre, teniendo una
preferencia personal por quien es más pobre, está sólo y necesitado.
Precisamente, mediante la ayuda al hambriento, al sediento, al forastero, al
desnudo, al enfermo, al encarcelado -como también al niño aún no nacido, al
anciano que sufre o cercano a la muerte- tenemos la posibilidad de servir a
Jesús, como El mismo dijo: "Cuanto hicistéis a unos de estos hermanos más
pequeños, a mí me lo hicistéis" (Mt 25, 40)..."
“Estamos siendo
testigos de la construcción multinacional de una de aquellas estructuras de
pecado, de las que el Papa Juan Pablo II ha hablado. Una pequeña estructura
puede ser pasada por alto como insignificante, y cuando llega a alcanzar el
tamaño de un rascacielos se acepta como parte del paisaje urbano. Nuestra tarea
es impedir la construcción de esta estructura a través de todo lo que esté a
nuestro alcance, frenarla si fuera posible, desmantelarla, y aún más,
reemplazarla con algo auténticamente misericordioso. Ello reclamará todo el
esfuerzo y la creatividad de que podamos disponer para encontrar una solución.
Si fracasamos, la probabilidad de que la eutanasia tenga lugar a nivel mundial,
se convertirá en una certeza. Querámoslo o no, nosotros mismos tendremos tantas
probabilidades de morir a manos de otro como por cualquier otra vía. Mientras más jóvenes seamos en estos
momentos, más probable será que ello ocurra en el futuro. Como dice el refrán:
la vida que salves bien podría ser la tuya propia.”[1]
A muchas
cuestiones sociales de caluroso debate, se las hace girar en torno de una
opción, por ejemplo: darle a los homosexuales la opción del matrimonio,
permitirle a la mujer optar por el aborto, darle a la gente la opción de morir
dignamente. Todas son cuestiones de gran contenido ético.
Las discusiones
en torno de la eutanasia frecuentemente, se desenvuelven entre una montaña de
acusaciones emocionales, esgrimiendo argumentos tales como que los más
vulnerables de los seres humanos son víctimas de los militantes de la eutanasia,
mientras que sus familiares deben combatir los arrebatos antivida de sus seres
amados, o que se plantea esta
solución para sacarse una responsabilidad de encima con respecto a la atención
médica, afectiva y económica que necesita un enfermo o anciano.
Nadie puede
eludir la cuota que le toca a nivel individual con respecto a su disposición de
ser solidario y caritativo con el que sufre y carece de autovalimiento.
Sintéticamente,
la cuestión de la eutanasia gira en torno de sí el Estado debe legitimarla
legalmente para eximir de responsabilidad a los que la practiquen, según las más
variadas circunstancias y necesidades (que serán determinadas por el poder de
turno).
Algo así como
que el Estado debe legitimar la acción de los verdugos para poner fin a vidas
que no merecen ser vividas, aunque otros grupos hablen de la baja calidad de
vida, de la autonomía de la voluntad o del respeto al deseo del enfermo, pero lo
cierto es que no se pronuncia con tanta fuerza ningún movimiento que pretenda
defender a ultranza el derecho del enfermo de curarse, o de acceder a cuidados
paliativos o el del anciano de vivir hasta el último aliento.
Es evidente que
no se pueden tratar estos temas sin tomar una posición claramente definida.
¿Debe el Estado dar asistencia a la gente para poner fin a su vida?. ¿Es el
suicidio una cuestión de opción, o de desesperación?
¿Cuánta
autonomía hay en aquel que pide morir?
¿Y si sólo
sufriera depresión?
¿Qué
requerimientos profesionales y técnicos sería necesario atender para establecer
la línea de división entre la necesidad de tratamiento sicoterapéutico o la
asistencia a morir?
¿Y si el
enfermo no quisiera tratar médicamente su depresión?
¿Podría ser
compulsivo el tratamiento médico?.
¿Pasaría de ser
la enfermedad a una causa que autorice al Estado a matar a alguien?.
Esta, y
¿cuántas otras más...?.
Siempre habría
alguien diferente del enfermo que tendría que tomar la iniciativa (el verdugo
institucionalizado: el Estado a través de quien practique la eutanasia o el
suicidio asistido).
Las cartillas
médicas clasificarían a los profesionales entre aquellos que practicarían la
eutanasia y aquellos que no. Esto mientras tanto se permita la objeción de
conciencia y no se torne una práctica obligatoria para los médicos, y siempre
que sean los médicos quienes deban practicarla. Tal vez, podrían hacerlo
otros.
De todos modos,
nada podría salir peor que la muerte misma, así que no se requerirían calidades
especiales en el sujeto que la practique. Tal vez poner una máscara facial y
apretar un botón, mientras se lee la sección deportiva del periódico...
De algo estoy
segura: si al que pide morir se le diera una alternativa para vivir, éste no
elegiría morir.
El discurso
proeutanasia exalta el poder que le es reconocido a la gente a la
autodeterminación sobre sus propios cuerpos. En la actualidad, la única opción
legal para seguir vivo, aún sufriendo dolores intensos e irreversibles, hasta
que el cuerpo colapse naturalmente, es no vivir en Columbia, los Países Bajos, Japón u
Oregón.
No es casual,
que los mismos que luchan contra la despenalización del aborto, combatan la
legitimación de la eutanasia. Es que las cuestiones del origen, transmisión,
conservación y finalización de la vida, no son cuestiones de
opción.
El sexo
biológico no es una cuestión de opción, aunque se pretenda darle otra apariencia
y asimilarlo a una cuestión de género.
Tomar posición
entre, el origen, transmisión, conservación y finalización de la vida como un
don divino, único de cada ser humano y de carácter indisponible y encarar esas
mismas cuestiones como cuestiones de opción, es algo que marca exactamente la
división entre un discurso pro-vida y otro promotor de la cultura de la muerte,
donde la vida humana está al servicio de los más diversos intereses y se pierde
toda noción de libertad, porque el hombre pasa a ser disponible para otros,
quienes determinan hasta cuándo y en qué condiciones puede vivir.
Frente a estas
dos posiciones antagónicas e irreconciliables, cabe examinar la dura situación
que están atravesando las organizaciones que promueven y defienden los derechos
de grupos discapacitados o que padecen determinadas enfermedades. Prácticamente,
más que avanzar, están tratando de
evitar caer en la pendiente resbaladiza de la baja calidad de vida (sentencia
que parece estar inhibiendo a los seres humanos, de acceder a la satisfacción de
las necesidades básicas, y más aún, del derecho de
vivir).
Hace algunos
años, durante la grabación de un programa televisivo donde se trataba el tema de
la eutanasia, el conductor con muy mal gusto preguntó a una abogada parapléjica,
la Dra. Ester Labatón,
(lamentablemente fallecida) que había concurrido en su camilla rodante a
dar su testimonio: “¿a Ud. le parece que vale la pena vivir, así como Ud. vive,
necesitando siempre de alguien, aún para poder hacer sus necesidades
fisiológicas?”.
La mujer, quien
había tratado durante toda su vida de vencer sus límites físicos, que había
logrado además obtener un título universitario y presidía una organización de
lucha en defensa de los discapacitados motrices severos, me miró con los ojos
llenos de lágrimas y me dijo: “realmente, ¿qué quiso decirme? ¿que para qué vivo
molestando a los demás? ¿qué porqué mejor por qué no me mato?”.
Es obvio que
algunas personas no pierden nunca la oportunidad de hacer sentir la diferencia:
el poder del fuerte sobre el débil e indefenso.
Esa mujer,
había hecho lo que muchos, con todas sus aptitudes físicas en forma, no
hicieron. Era un ejemplo de superación, de fuerza, de lucha, de ganas de vivir,
también de resignación frente a la adversidad. Se podía haber dejado un hermoso
mensaje pro-vida de ese programa, pero lamentablemente la gente que consume lo
que los medios de comunicación ofrecen, se quedan generalmente con el argumento
del que está en perfectas condiciones. Tal vez algún día, la fuerza de las
palabras derive de la verdad que hay en ellas, y no de la posición y apariencia
de quien las dice.
Los grupos que
promueven el acceso al suicidio asistido tratan de publicitar casos donde
aparece gente con enfermedades terminales, que padecen un sufrimiento intenso e
irreversible, y que lo único que anhelan es poner fin a sus miserables vidas.
Aunque esos casos existan, son una muy pequeña minoría. Muchos pacientes
moribundos, que padecen fuertes dolores tienen adecuado acceso a medicina
paliativa. Sería importante que el Estado garantizara el acceso igualitario de
toda la población a la medicina paliativa.
Aquellos que
podrían creer que quieren morir son individuos a quienes se los ha convencido
que su calidad de vida es nula, o que ya no tienen dignidad porque deben recibir
cuidados como un niño, o que deben imponerse ciertos estándares de dignidad para
morir. Entre estos individuos, aparecen algunos que padecen Enfermedad de
Huntington, Esclerosis múltiple, SIDA, Alzheimer, etc...
También
focalizándose en la Familia, un grupo cristiano con gran protagonismo en las
cuestiones sociales, representado por el Dr. Dobson, escribió: "En un margen de
un 60-40 porciento, los oregonianos han autorizado a sus doctores a administrar
dosis letales de veneno para matar pacientes... Por el momento, si Ud. es
anciano o está enfermo, Oregón es el último lugar donde Ud. debería
estar”.[2]
El Dr. Abraham
Halpern, ex-presidente de la American Association of Psychiatry and the Law, y
el Dr. Alfred Freedman, ex-presidente de la American Psychiatric Association,
escribieron un artículo en el New York Times [3], diciendo que: “La Oregon’s
Death with Dignity Act... debería ser rechazada. Genera una pendiente
resbaladiza y seguramente resultará en asesinatos indignos e impiadosos”
El problema es
que si se permite que algunos enfermos terminales mueran por eventuales leyes
que dicten los Estados para matar a aquellos cuya vida no tenga valor, el Dr.
Dobson dice: “Estaremos eventualmente matando a aquellos que no estén enfermos,
a aquellos que no pidan morir, a aquellos que son jóvenes pero están deprimidos,
a aquellos cuya vida se juzgue de baja calidad, y a aquellos que sientan la
obligación de no ser una carga”.[4]
[1] La eutanasia a nivel
mundial, Padre Paul marx, OSB, Ph.D., Fundador y Director Ejecutivo de Human
Life International.
[2] James Dobson’s “Dr Dobson’s Study” for 1998-jan:
http://www.family.org/docstudy/newsletters/a0000580. Html. Focus on the
family.
[3] A.L. Halpern.and A.M. Freedman,
“Oregon’s Suicide Law Creates a Slippery Slope,” New York Times, New York, NY,
1997-NOV-2.
[4] James Dobson’s “Dr
Dobson’s Study” for 1998-jan:
http://www.family.org/docstudy/newsletters/a0000580. Html. Focus on the
family.
COMISIÓN DE
BIOÉTICA MÉDICA DEL CÍRCULO CATÓLICO DE OBREROS DEL
URUGUAY
El día 14 de marzo de 2003 reaunudó sus sesiones la Comisión de
Bioética Médica del Círculo Católico de Obreros del Uruguay. Durante la reunión,
se trataron diversos temas. Entre ellos, se destacó el inminente
lanzamiento público del Segundo Tomo en dos volúmenes de la obra "Derecho
Médico", del Dr. Gustavo Ordoqui Castilla; se discutió sobre el problema de
la guerra; se acordó seguir avanzando en el Código de Ética Médica del
Círculo Católico; se informó sobre el caso de la niña nicaragüense violada y
forzada a abortar por un grupo de feministas radicales, en contra de la opinión
de la Asociación Médica Nicaragüense y de los especialistas de la Facultad de
Medicina de la Universidad Americana; y se sugirió la difusión de las
acciones de la Comisión por diversos medios de comunicación, entre ellos,
el semanario "Entre Todos", Catholic.net y la Revista Virtual Vivir en
Familia.
PARA REFLEXIONAR
TODA PERSONA ES
DIGNA, NO TODA OPINIÓN ES VÁLIDA
Jesús Ballesteros
(*)
El pensamiento de San
Josemaría Escrivá —que es reflejo fidelísimo de su vida— es nítidamente
cristocéntrico. El hecho de colocar a Cristo en el centro de todas las
actividades humanas le lleva a subrayar, con énfasis y a lo largo de todos sus
escritos, la igual dignidad de todos los seres humanos.
El aspecto de ese
pensamiento que nos proponemos glosar, la recta comprensión de la libertad y su
relación con la verdad y juicio, aparece reflejado en prácticamente todos sus
escritos: en Camino[1], Surco[2] y Forja[3], en las
homilías (Es Cristo que
pasa[4] y Amigos de Dios[5]) y, finalmente, en las diversas
entrevistas que componen Conversaciones con Monseñor Escrivá[6]. De todos
ellos hemos extraído ideas para glosar y conclusiones a
considerar.
Toda persona es
digna de respeto
La condición de hijo de
Dios del ser humano, y por tanto,
de alter Christus,[7] tiene como consecuencia
la idea de la igual dignidad humana que es, como su razón un favor divino, un
regalo de Dios. “La conciencia de la magnitud de la dignidad humana —de modo
eminente, inefable, al ser constituidos por la gracia hijos de Dios— junto con
la humildad, forma en el cristiano una sola cosa, ya que no son nuestras fuerzas
las que nos salvan y nos dan la vida, sino el favor divino”[8].
A diferencia de lo que
ocurría en el pensamiento estoico o en el kantiano, la dignidad no depende de la
excelencia humana, o de las capacidades o destrezas de cada cual. Es dignidad
ontológica, don de Dios, no ética o mérito humano.
Esa dignidad aparece
especialmente realzada en los más indigentes, en aquellos que no pueden cuidarse
por sí mismos: los niños y los enfermos. “—Niño, Enfermo— Al escribir estas
palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que para un alma
enamorada, los niños y los enfermos son Él”[9]
San Josemaría criticó
expresamente el neomaltusianismo en Conversaciones[10]: “se da la
paradoja de que los países donde se hace más propaganda del control de natalidad
—y desde donde se impone la práctica a otros países—son precisamente los que han
alcanzado un nivel de vida más alto. Quizá se podrían considerar seriamente sus
argumentos de carácter económico y social, cuando esos mismos argumentos les
moviesen a renunciar a una parte de los bienes opulentos de que gozan en favor
de esas otras personas necesitadas. Mientras tanto, se hace difícil no pensar
que en realidad lo que determina esas argumentaciones es el hedonismo y una
ambición de dominio político, de neocolonialismo
económico”.
Al mismo tiempo, textos
como el citado ponen de relieve cómo San Josemaría se adelantaba a criticar los
riesgos inhumanistas que iban a presentarse en décadas sucesivas con la
tendencia que dado en denominarse “personista”, en su pretensión de separar a
las “personas”, consideradas dignas por su condición de autoconscientes y
libres, de los simples “seres humanos”, no considerados dignos al faltarles la
condición de autoconciencia, posición que conduce a la negación de derechos a
los embriones, a los enfermos en estado de coma y a la justificación de la
eugenesia a través de las técnicas de reproducción
asistida.
El énfasis puesto por San
Josemaría en la igual dignidad de todo ser humano no sólo se opone al
“personismo”, sino que implica también una radical oposición a todo
fundamentalismo. El fundamentalismo procede de la confusión entre religión y
política a través de una interpretación monolítica y clerical del mensaje
religioso y que en al ámbito cristiano buscaría extender los dogmas a campos que
la Iglesia ha dejado a la libre discusión de los seres humanos, trayendo como
consecuencia la negación de la autonomía de los asuntos temporales, y con ella,
de la verdadera laicidad. “Nada más lejos de la fe cristiana que el
fanatismo con el que se presentan los extraños maridajes entre lo profano y lo
espiritual, sean del signo que sean. Ese peligro no existe si la lucha
[ascética] se entiende como Cristo nos ha enseñado: como guerra de cada uno
consigo mismo, como esfuerzo por servir a todos los
hombres”[11].
La conexión entre el amor
la verdad y la universalidad en el respeto al otro se manifiesta igualmente en
un profético texto recogido en el mismo volumen de Homilías: “Rechaza
el nacionalismo, que dificulta la comprensión y la convivencia: es una de las
barreras más perniciosas de muchos momentos históricos. Y recházalo con más
fuerza —porque sería más nocivo— si se pretende llevar al cuerpo de la Iglesia,
que es donde más debe resplandecer la unión de todo y de todos en el amor a
Jesucristo”[12].
Frente al nacionalismo
excluyente escribiría en Camino: “Ser ‘católico’ es amar a la patria,
sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes
nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y lo
mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses ..., de
americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. —¡Católico!: corazón
grande, espíritu abierto”[13].
En el pensamiento de San
Josemaría la magnanimidad aparece íntimamente unida a la caridad e implica a un
tiempo el deseo de hacer bien las cosas por Dios y el ensanchar la “atención al
otro” hasta abarcar a todo el género humano. “No tengas espíritu pueblerino.
—Agranda tu corazón, hasta que sea universal, ‘católico’. No vueles como un ave
de corral, cuando puedes subir como las
águilas”[14].
La universalidad del
respeto a todo ser humano aparece reafirmada en la constante referencia a esa
palabra “todos”, omnipresente en su obra.
“Una de las magnalia Dei[15], de las
maravillas de Dios que hemos de meditar y que hemos de agradecer a este Señor
que ha venido a traer la paz en la Tierra a todos los hombres de buena
voluntad[16]. A todos los hombres que quieren unir su voluntad a la
Voluntad buena de Dios: ¡No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres !, ¡a todos los
hombres, a todos los hermanos! Que hermanos somos todos en Jesús, hijos de Dios,
hermanos de Cristo: su Madre es nuestra Madre. No hay más que una raza en la
tierra: la raza de los hijos de Dios”[17].
“Cuanto más cerca
está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón que
quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de
Jesús”[18].
“Si de veras amases a
Dios con todo tu corazón, el amor al prójimo —que a veces te resulta tan
difícil— sería una consecuencia del Gran Amor. —Y no te sentirías enemigo de
nadir, ni harías acepción de personas”[19].
El respeto a la persona
va unido a su carácter insustituible: “porque cada alma es un tesoro
maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre
de Cristo”[20]. Se rechaza, por tanto toda posición cerrada y excluyente:
“No existe en nuestra Obra ningún afán exclusivista, sino el deseo de
colaborar con todos los que trabajan por Cristo y con todos los que, cristianos
o no, hacen de sus vidas una espléndida realidad de servicio”[21]. Esta
actitud responde al ejemplo de Cristo “... como sucede en el pasaje que
estamos contemplando: Tú no haces distinción, le dicen; Tú has venido para todos
los hombres; a Ti, nada te detiene para proclamar la verdad y enseñar el bien
(cfr. Mt, XXII, 16)”[22].
La dignidad de la persona
exige, ante todo, tratar a todo ser humano con respeto y evitar hurgar en la
vida íntima de los demás, sin juzgar, ni ofender siquiera con la duda. San
Josemaría se anticipa proféticamente a destacar, en un texto de 1961, la
generalización de la tendencia a la pérdida del respeto a la intimidad de las
personas: “No costaría trabajo alguno señalar, en esta época, casos de esa
curiosidad agresiva que conduce a indagar morbosamente en la vida privada de los
demás. Un mínimo sentido de la justicia exige que, incluso en la investigación
de un presunto delito se proceda con cautela y moderación, sin tomar por cierto
lo que sólo es una posibilidad. Se comprende claramente hasta qué punto la
curiosidad malsana por destripar lo que no sólo no es un delito, sino que puede
ser una acción honrosa, deba calificarse como
perversión”[23].
Esa dignidad exige, a su
vez, el reconocimiento de los restantes derechos humanos, tal y como los enuncia
San Josemaría en un punto de Amigos de Dios: “Hemos de sostener el
derecho de todos los hombres a vivir, a poseer lo necesario para llevar una
existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar,
a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar
serenamente el tiempo de la enfermedad o d