EDITORIAL
MATERNIDAD, DIVINO TESORO
En la edición Nº 5/01 de esta revista, citábamos las sabias
palabras de Mons. Charles Chaput, Arzobispo de Denver, USA: "La fertilidad es
la bendición original dada por Dios al hombre y a la mujer... Es un don divino.
Los dones están pensados para ser dados y recibidos gratuitamente; nunca
rechazados por una parte, y nunca reclamados por otra... La anticoncepción
rechaza el don de la fertilidad. Las tecnologías reproductivas lo
reclaman".
Si la fertilidad es un don, también lo es la maternidad,
consecuencia directa de la apertura a la vida. Pero ser madre, hoy en día, no es
tarea fácil. El permanente cambio social, corrientes culturales contrarias a la
familia, e incluso favorables a la maternidad "por capricho", generan numerosos
problemas, sobre los cuales intentaremos dar algunas
ideas.
Debe quedar claro que la maternidad no es sólo asunto de la mujer:
es una realidad que debe ser vivida por el padre y por la madre, con el apoyo de
la sociedad. Esta afirmación puede ser novedosa, pero tiene sus
razones.
La maternidad debe ser complementada por la
paternidad
Para que la maternidad pueda desarrollarse normalmente, hace falta
el apoyo del padre, hace falta que el padre viva su paternidad. Lo cual no
significa tan sólo proveer el sustento del hogar, sino también ayudar a la madre
de sus hijos en todo cuanto haga falta, cuando se lo permita su actividad
laboral. A veces, el tiempo de que se dispone es escaso porque las dificultades
económicas obligan a pasar muchas horas trabajando, separado de la familia; en
esos casos, cobra mayor importancia la calidad de la atención a la mujer y a los
hijos: es necesario luchar por adquirir ciertas virtudes, como espíritu de
servicio, desprendimiento, generosidad y buen humor, de manera de hacer
agradable la vida a los demás. El padre, para favorecer y apoyar la maternidad
de su esposa, debería tratar, por todos los medios, de estar siembre disponible.
El Santo Padre, hace referencia a la "deuda" que contrae el padre con la madre
de sus hijos, quien durante nueve meses, se "encarga" de la gestación; esa
"deuda", la debería pagar el varón una vez nacido el niño, ayudando a su mujer
en tareas que faciliten la atención del niño por parte de la madre y la
adaptación de la madre a la nueva
situación.
La maternidad y el trabajo deben compatibilizarse lo mejor
posible
Es importante que la mujer pueda alternar su maternidad con su
carrera profesional. Para ello, es necesario en primer lugar, que el marido le
brinde a su esposa, todo el apoyo que esta necesita para desarrollar su cultura
y su capacidad profesional. Por otra parte, la mujer-madre debe disponer del
tiempo suficiente para criar a sus hijos, sin que ello perjudique
irreversiblemente su actividad laboral y/o cultural. Y al revés: el trabajo, no
debería afectar negativamente la atención a los
hijos.
Quizá las necesidades económicas que hoy vivimos, hagan difícil
encontrar un equilibrio óptimo entre la dedicación de la mujer al trabajo y al
hogar. Por eso, es más importante que nunca afirmar que el mundo laboral debe
aprender a respetar el don de la maternidad; si no lo hace, corre serios riesgos
de deshumanizarse. El ámbito del trabajo y el ámbito de la cultura, necesitan
del "genio" de la mujer para ser más acogedores, más "vivibles", más
"disfrutables". La mujer-madre, puede hacer una contribución peculiar en este
sentido, si se la deja de tratar como a un hombre -también si ella misma deja de
intentar parecerse al hombre-, y se respetan sus tiempos, si se facilita la
adaptación de sus obligaciones laborales a su particular condición maternal. De
este modo, aunque los empleadores no vean en este enfoque más que problemas
inmediatos, a largo plazo podrán comprobar que las mujeres, además de trabajar
más a gusto y rendir más, al poder vivir su maternidad como corresponde,
enriquecerán con su experiencia maternal la actividad
laboral.
La paternidad debe manifestarse en el hogar y en el
trabajo
El padre, no sólo debe asumir un compromiso con la maternidad de
su propia esposa, sin que debe asumir un compromiso con el respeto a la
maternidad de las mujeres que trabajan con él, o para él. En la medida que
respete, facilite y proteja la maternidad de sus compañeras o empleadas, será
digno de llamarse padre en el sentido amplio del término. Lo mismo se puede
aplicar a las mujeres que dirigen empresas o que trabajan fuera de casa; aunque
por lo general, suelen ser más comprensivas. Los hombres, deben
contemplar la especial atención que requiere la maternidad de aquellas
mujeres que no son sus esposas, y las mujeres, de esas otras mujeres que no
son ellas mismas. Lo contrario, implica incoherencia, propia de quienes viven
-esquizofrénicos- una vida hacia el hogar, y otra completamente distinta, hacia
el
mundo.
La sociedad debe promover la
maternidad
Proteger y apoyar la maternidad, es un deber social. La sociedad
debe favorecer la maternidad, porque la maternidad cumple una función social:
provee al mundo de nuevos seres humanos que, entre otras cosas, pagarán la
jubilación de los patrones y compañeros de sus madres, de las enfermeras y los
médicos que los traen al mundo, etc. Una especie que no se reproduce, tiende a
la extinción. Y si bien los seres humanos somos unos cuantos, hay signos
alarmantes de estancamiento y aún decrecimiento de la población para las
próximas décadas. Al menos en los países desarrollados, y en los que sin serlo,
tenemos indicadores sociales similares a los suyos.
Estas ideas, son sólo un pantallazo de un tema profundo, que
estimamos debería encararse con seriedad y profesionalidad por parte de quienes
tienen en sus manos la posibilidad de establecer políticas, de fijar
estrategias, de salvaguardar derechos; derechos que van desde la no
discriminación, hasta la celebración del Día de la Madre, que
algunas organizaciones feministas con representación en la ONU pretenden
eliminar... y no precisamente por ser un día "comercial".
La perspectiva
del amor
Puede sonar extraño para algunos lectores, que habiendo
dedicado el editorial a hablar de la mujer-madre, no hayamos hecho
referencia alguna a la "perspectiva de género", tan difundida hoy en el mundo.
Ello se debe a que desde nuestro punto de vista, las relaciones entre los
cónyuges no deben basarse en "equilibrios de poder", ni en una "lucha de clases"
de "oprimido" contra "opresor" al interior de la familia, sino en el amor
de los esposos. El hombre y la mujer, capaces de amar y ser amados,
son iguales en su dignidad porque comparten la misma naturaleza humana, porque
son personas; pero, aunque en cuanto personas el marido y la mujer tienen
idéntica dignidad, son esencialmente distintos en cuanto personas
sexuadas. Esta diferencia entre iguales, hace que las relaciones
matrimoniales, se basen en la complentación mutua entre marido y
mujer, llamados a ser "una sola carne". Complementación que cuando se
realiza armónicamente,
se verifica en la entrega, en el respeto y en el amor de
los
cónyuges.
Así, cuando el amor es sincero, el respeto total y
la entrega absoluta, los esposos se abren a la fecundidad;
pues sólo si están abiertos a la vida -a la maternidad-, los esposos son
capaces de manifestar plenamente, además del amor mutuo, el amor
que ambos tienen por los hijos que puedan venir y por
sus semejantes.
AVE
FAMILIA
MATRIMONIOS: TRES DE CADA DIEZ
PAREJAS SE DIVORCIAN
Este promedio ubica a Uruguay
en los guarismos de países desarrollados - Más de 6.000 divorcios al año -
Aunque la ley que regula el divorcio data de 1907, el crecimiento de las
rupturas maritales se inició en los '80.
Por Mariana Rethen (Diario El
País)
Tres de cada diez casamientos que se concretan
en Uruguay terminan en divorcio y la mitad de esas rupturas ocurren antes de los
10 años de matrimonio, según indican los datos de un estudio realizado por la
Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, al que El País
tuvo acceso. Con un promedio de más de 6.000 divorcios al año, Uruguay se ubica
en los guarismos de países desarrollados. El país presenta casi al mismo nivel
que Francia, donde se disuelven un 31% de las uniones maritales, y la mitad que
Estados Unidos, donde las rupturas alcanzan al 60% de las uniones. Si bien la
ley que regula el divorcio data de 1907, el crecimiento vertiginoso de las
rupturas matrimoniales no se presentó hasta la década de los 80, se señala. "La
explicación de este aumento probablemente deba ser rastreada en el marco de
profundas transformaciones culturales que afectan el conjunto del mundo
occidental, en especial con una mayor valoración de la autonomía individual, y
con la redefinición de las actitudes hacia el matrimonio; asimismo, la creciente
inserción de la mujer en el mercado de empleo y la consiguiente alteración en la
división tradicional de los roles conyugales (...)", apunta el estudio.
Causas y tiempos
Desde la aprobación de la primera ley de
divorcio a principio de siglo hasta la actualidad, la legislación ha sufrido
varias transformaciones. Se sumaron nuevas causales para que los cónyuges puedan
presentar una demanda de divorcio y se acortaron los tiempos necesarios para
concluir el proceso. Un divorcio se resuelve en cuestión de tres o cuatro meses
siguiendo los procedimientos vigentes, aseguró a El País el ministro del
Tribunal de Apelaciones de Familia, Ricardo Pérez Manrique. "Mientras que antes
llevaba entre seis meses y un año, actualmente, con el Código General del
Proceso que establece que las audiencias sean orales, es posible sacar un
divorcio en pocos meses", agregó el entendido. Aunque una vez que se concluye el
proceso la sentencia puede ser apelada por alguna de las partes, si se encuentra
desconforme, "rara vez vez ocurre, pero si sucede eso el trámite se extiende a
un año", explicó el magistrado. Si bien existen doce causales reconocidas por la
ley para solicitar la disolución del vinculo matrimonial, en la mayoría de los
casos se alude a la de "riñas y disputas porque es la que exige pruebas más
flexibles, aunque encubre otras causales como injurias y adulterio". "La mayoría
de las veces las parejas se presentan ante el juez con un acuerdo tácito entre
las partes. Se finge el divorcio litigado, pero como están de acuerdo eso
agiliza el proceso", explicó Pérez Manrique. El costo de una demanda de divorcio
varía según el caso, pero en promedio ronda los U$S 500.
Repercusiones
El estudio de la Universidad de la República
señala que "el aumento de los divorcios constituye una de las transformaciones
recientes de mayor relevancia en lo que respecta a las relaciones familiares en
el Uruguay". Las repercusiones son múltiples y se manifiestan en distintos
aspectos: "La extensión del divorcio afecta la composición del mercado
matrimonial, potencialmente más personas están en situación de buscar y
eventualmente conformar una pareja, el rango de edades de los elegibles y sus
posibles combinaciones, se vuelve más heterogéneo, contribuyendo a modificar el
calendario de nupcialidad", sostiene el texto. La extensión del divorcio influye
además sobre los patrones de fecundidad, especialmente cuando las rupturas se
producen en las etapas en que se procesa el grueso de la reproducción. El núcleo
familiar típico comienza a desdibujarse y se extienden las familias
monoparentales cuya jefatura es ejercida por un individuo divorciado o separado,
mayoritariamente mujer, señala el estudio. Con el aumento de los divorcios se
incrementan también los hogares reconstituidos, fruto de segundas uniones, que
en ocasiones incluyen hijos de los matrimonios anteriores. "Las consecuencias de
este cambio sobre la estructura de los hogares y sobre la flexibilidad del ciclo
de vida familiar son evidentes, en la medida en que el divorcio disuelve los
hogares con mayor precocidad que la viudez, los hogares monoparentales
involucran crecientemente la existencia de hijos con edades menores, asimismo al
tratarse de jefes más jóvenes aumentan las probabilidades de que una nueva unión
vuelva a recomponer el núcleo", apunta el texto. Respecto a las consecuencias
económicas que el divorcio provoca en los miembros de la pareja, el estudio
señala que si bien es escaso lo que se sabe las tendencias indican que "casi sin
excepción las mujeres que experimentan un divorcio sufren un deterioro en su
posición económica y que los niños cuyas familias se disuelven ven resentidas
sus condiciones materiales de vida".
Ley de divorcio
- El primer Código Civil del Uruguay (1869) proclamaba el
carácter sacramental del matrimonio y establecía la indisolubilidad del
vínculo conyugal, las leyes que regulaban la vida matrimonial se regían
entonces por el derecho canónico.
- En 1885 el matrimonio civil fue declarado obligatorio y
la naturaleza sacramental fue eliminada de la normativa
matrimonial.
- En 1907 se aprobó la ley que volvió posible el divorcio
absoluto.
- En 1913 se introduce la posibilidad del
divorcio unilateral para la mujer.
- Finalmente en 1978 se introduce la última modificación a
la ley que rige actualmente, donde se establece la igualdad de ambos cónyuges
en lo que respecta a la infidelidad.
- Las causales reconocidas en esta ley son: el adulterio,
la tentativa contra la vida del otro, por sevicias o injurias graves, por la
propuesta del marido para prostituir a su mujer o de cualquiera de los
cónyuges para prostituir a sus hijos. Cuando hay entre los cónyuges riñas y
disputas continuas. Por una condena a más de 10 años de prisión. Por la
separación del hogar durante más de tres años. Por la incapacidad mental
permanente e irreversible. Por mutuo consentimiento de los cónyuges y por la
sola voluntad de la mujer.
Diario El País, 20 de mayo de
2001
BREVE SÍNTESIS DEL ESTUDIO "SOBRE
REVOLUCIONES OCULTAS: LA FAMILIA EN EL
URUGUAY"
Documento elaborado por Carlos
Filgueira, con la colaboración de Alvaro Fuentes (CEPAL,
1996).
En el Uruguay, las tendencias recientes del cambio
social, presentan características patológicas. Como ejemplos, se citan la
creciente ilegitimidad de los nacimientos, el incremento de los índices de
embarazo precoz y de "madres adolescentes", los actos de violencia pública y
doméstica o el abandono de los hijos. Estos cambios se deben a procesos
estructurales; por tanto, son más difíciles de modificar a corto plazo. La
profunda transformación operada en la familia uruguaya, está signada por cambios
que se dan a tres niveles:
Cambios en la
estructura de la población
Los cambios en los patrones de reproducción, provocaron
entre otras cosas, un cambio de la estructura de edades y un incremento en el envejecimiento relativo de una
población históricamente caracterizada por su nuclearidad, su baja tasa de
fecundidad y su reducido tamaño. La familia nuclear tipo (padres e hijos),
constituye hoy apenas el 37% de los
hogares.
Cambios económicos
El número de hogares con aportantes múltiples al
presupuesto familiar pasó en los últimos 20 años, de 33% a 50%. El trabajo y la
independencia de la mujer, resienten el equilibrio natural de la familia. Al
equipararse los ingresos de la mujer con los del varón, se deprecia el rol del
hombre como aportante único, padre y esposo, lo cual erosiona el modelo
normativo que definió históricamente las relaciones familiares. Como
consecuencia, se incrementan las tensiones al interior de la familia y el hombre
al perder protagonismo, se desentiende de sus responsabilidades familiares y
contribuye así a la desorganización familiar, dejando de ser una referencia
moral para las nuevas
generaciones.
Cambios culturales
Tres grandes transformaciones sociales contribuyeron a
cambiar los patrones normativos de la familia, legitimando "nuevos"
comportamientos: I) Aumentó la frecuencia de las relaciones premaritales entre personas
sin pareja estable y se afianzó una cultura que diferencia la sexualidad del
matrimonio y la procreación. Así,
las mujeres de las clases medias y altas, retrasan su edad promedio de casamiento y procreación, y
adelantan el divorcio, pues quienes convivieron antes del matrimonio, tienen
menor capacidad de adquirir compromisos duraderos. En cambio, en los sectores
más pobres, se incrementan los embarazos precoces, las madres adolescentes y las
madres solteras que conviven en hogares "de hecho". Esto tiene como consecuencia
un progresivo incremento en el número de hijos ilegítimos. II) El divorcio creció extraordinariamente en
los últimas 30 años; la sociedad uruguaya está inmersa en una “cultura del
divorcio”, en la que predominan valores de materialismo, autorrealización e
independencia. III) Los movimientos
feministas, estimularon la legitimación de valores de igualdad entre hombres
y mujeres, con lo cual contribuyeron a la deslegitimación y a la ruptura del
sistema familiar de aportante único.
Para tener una idea de las dimensiones de estos
cambios y de cómo afectan a la familia, basta mencionar
que:
-
El número relativo de casamientos en el período 1963
- 1996 descendió en un
25%.
-
A partir de 1968, hay una fuerte correlación entre el
número de matrimonios y el salario real (r2 =
0.70).
-
La tasa de divorcios, se incrementó en un 550% entre
1961 y
1991.
-
En el mismo período, el cociente entre matrimonios y
divorcios bajó de 12 a
2,8.
-
Las uniones libres se incrementaron en el estrato de
15 a 29 años, pasando de 12,8% en 1984 a 23,5% en
1994.
-
El índice de repetición escolar de hijos de hogares
irregulares, es un 36% mayor al de hijos de matrimonios legales. Además, el
índice de rendimiento escolar de los primeros, es un 12% inferior al de los
segundos.
-
Los mayores índices de repetición, se dan en sectores
socioculturales más bajos, mientras en los más altos el problema se atenúa,
aunque las tendencias favorables a los hijos de matrimonios legales se
mantienen en todos los casos.
La familia está sufriendo transformaciones culturales,
económicas y sociales, debido a las influencias del contexto en que se
desenvuelve. Si bien en Uruguay la familia construyó en el pasado un capital
social importante. Ese capital se ha gastado, se consumido y debe ser renovado.
En la actualidad, se está asistiendo a la formación de un círculo perverso de
deterioro creciente de las reservas de capital social, sin que sea considerada
suficientemente la necesidad de mantenerlo y
renovarlo.
Un
estudio sociológico muestra los beneficios personales y sociales de la unión
matrimonial
EL
MATRIMONIO MARCA LA DIFERENCIA
M.
Ángeles Burguera